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La mujer de las manos sanadoras en Sangolquí
Escrito por Víctor Vizuete   
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El éxito de una recuperación reside en cumplir a rajatabla la rehabilitación prescrita por los especialistas

Carmen Almeida Sosa cuenta que el éxito de una recuperación reside en cumplir a rajatabla la rehabilitación prescrita por los especialistas. Fotos: Bolívar Vásquez/UN

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Ayudar a que una persona recupere su movilidad y su salud es, para mí, una satisfacción.’

Carmen Almeida Sosa

fisioterapeuta


Chulla Vida

Sangolquí es una ciudad chica o un pueblo grande, según el ojo de quien lo mira. La ‘capital del hornado’ es, todavía, una urbe donde lo que sucede en la una punta se sabe -debidamente corregido y aumentado- en la otra... y con la velocidad de la fibra óptica.

 

Como sucede en estas poblaciones, todo el mundo se conoce. Y los personajes forman parte de la vida cotidiana de todos los hogares; incluida la marea de ‘quiteños’ que inunda los nuevos conjuntos residenciales y que tiene que adaptarse al quehacer sangolquileño a la velocidad del rayo.

 

Cosa que los ‘inmigrantes capitalinos’ hacen con mucho placer, dada su fama de   picarones, picaflores y comilones; igualitos a los nacidos en   Los Chillos.

 

Uno de esos personajes es Carmen Almeida Sosa, una fisioterapista de 38 años, sangolquileña por los cuatro costados.

 

Nacida, amamantada, crecida, estudiada, enamorada y casada en esta ciudad. Como afirma su coterránea y cliente Margarita Flores, la ‘licen’ Carmita es más conocida que ‘El hueco’, el rincón de comidas tradicionales sangolquileño por antonomasia, emplazado en el corazón de Selva Alegre.

 

Con decir que su padre, Rubén Almeida es, talvez, el más famoso chagra del cantón Rumiñahui. Un ícono del caballo y la chamarra; del poncho y del zamarro; del sombrero de ala ancha y el puro del bueno.

 

Es un infaltable de las fiestas de septiembre y uno de los maestros de ceremonias del Paseo del Chagra, el evento chacarero donde los ‘cracks parameros’ demuestran su habilidades en la doma de caballos chúcaros y encandilan a los asistentes con sus embates y cabriolas.

 

De hecho, gran parte de la fama de ‘manos mágicas’ que tiene esta fisioterapista, graduada en la Escuela de Tecnología Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad Central,   tiene relación directa con su archiconocido padre.

 

Carmen Almeida Sosa cuenta que el éxito de una recuperación reside en cumplir a rajatabla la rehabilitación prescrita por los especialistas. Fotos: Bolívar Vásquez/UN

 

¿La razón? Le recuperó de la postración total y le puso a domar caballos ariscos y lidiar   toros bravos nuevamente. Y no una, sino dos veces.

 

La primera fue cuando su progenitor quedó cuadripléjico luego de que un toro endiablado le embistiera en una de las corridas de pueblo.

 

Tientas que se corren en la urbe por su onomástico y que forman parte del acervo cultural de esta comunidad, que ama los toros populares con la misma pasión que al chancho hornado, las fiestas de vísperas, los fuegos artificiales y los canelazos.

 

La segunda, en cambio, fue cuando don Rubén fue embestido por un tráiler desbocado, que le dejó medio muerto y con varios huesos rotos a la vera del camino en la E35, más conocida como la vía a Amaguaña.

 

En ambas ocasiones, Carmita dejó a su padre ‘papelito’ y refrendó con sobresaliente su solvencia en el oficio.

 

Un profesionalismo que se cimentó poco a poco; de masaje en masaje; de terapia en terapia.

 

Que aprendió los primeros secretos en las prácticas rotativas en las salas de traumatología, fisiatría o neurología de   hospitales como el Vozandes y el Eugenio Espejo.

 

Nuevita, casi casi con el título bajo el brazo, tuvo la oportunidad de continuar con el aprendizaje en el consultorio del traumatólogo Aurelio Aguirre y la fisioterapista Mónica Guachamín.

 

Era una amplia sala de terapias que estaba emplazada en el centro histórico de Sangolquí y que era muy visitada por enfermos y lesionados de toda índole.

 

Allí laboró por el lapso de cuatro años, un tiempo que la profesional considera ‘muy valioso’ porque aprendió las técnicas idóneas y específicas para los diversos tipos de dolencias, lesiones o neuralgias.

 

“Porque una fisioterapista no solo está preparada para tratar afecciones traumatológicas (articulares, musculares, de ligamentos, roturas de huesos...) sino también de nervios o estrés. De cansancio”.

 

Hace 11 años, junto a su esposo, Luis Ortiz, abrieron el centro de terapia física y rehabilitación Almeida (Cetefira). Lo ubicaron en un local de la calle Espejo, entre Quiroga y avenida Abdón Calderón. Y allí siguen hasta ahora.

 

Carmen realiza la labor médica y Luis se encarga de toda la tramitología legal y de que los números siempre estén con saldo a favor.

 

Hasta el centro llega, de lunes a sábado y de 08:00 a 20:00, una legión de enfermos, operados de diversas fracturas o personas con diversos tipos de contracturas.

 

Todos asisten con la fe puesta en la técnica y las manos de la ‘licen’ Carmita y con la petición del tratamiento prescrita del médico respectivo. Cada sesión en Cetefira cuesta USD 10.

 

Al final del tratamiento, la inmensa mayoría sale satisfecha y contenta. Con las energías renovadas y el cuerpo en perfecto estado. Ese es el caso de Sandra Tasipanta, de Olga Espinosa, de Patricio Quilumba... de cientos de personas agradecidas.

 

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