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El triunfador de 'Ecuador tiene talento' y su vida real e inventada. Luis Castillo sigue en El Ejido.
Luis vivía en una casa tan pobre que en Navidad, al Niño Jesús se lo llevaba el Infa y la primera vez que comió carne fue cuando se mordió la lengua. Una vez se metió en el cementerio, por Difuntos, y cuando quiso salir el guardia lo apuntó con el revólver: "¡Vuelve a tu tumba!".
A Luis no le quedó de otra que robarse una lápida para presentarla como cédula. El ser feo tiene ventajas para el cómico callejero. La madrugada del martes llegó a la terminal de buses desde Guayaquil, dos tipos lo quisieron asaltar, Luis les dijo: "¡buuu!" y los hombres se pusieron de rodillas a rezar.
Luis le da una pausa a su show, a esas historias que se ha creado para hacer reír. Un periodista del programa 'En corto' le pregunta ¿cómo hizo para llegar hasta donde está? ¡Vine caminando!, dice Castillo feliz de vencer sin tener cara bonita y riéndose de las veces en que las peladas lo dejaron plantado.
"Hay que saber quién eres para poder reírte de ti", dice Castillo. Cuando no está metido en el ruedo, que se ha hecho para los cómicos callejeros en el parque El Ejido, pasa con los audífonos de su teléfono en las orejas, contestando las llamadas que le proponen contratos y presentaciones por todas partes.
Castillo fue rebelde. A los 16 años se botó a la calle, a vender caramelos. Su papá no quería que en el futuro su hijo tuviera que estar parado a la sombra de un árbol, esperando a que un cómico callejero desocupe el espacio para hacer su monólogo. El padre quería ver a Castillo en alguna oficina y a él, en algún momento, se le cruzó la idea de ser neurólogo.
Pasó dos años en buses, al inicio ¿quién no lo veía con fastidio? Luego vivió esa época en la que vendedores ambulantes llegaban a las plazas de Quito, de todas las partes del país, traían baúles, brebajes, culebras, pomadas y para llamar la atención recurrían a chistes obscenos.
Castillo no se acuerda lo que le tocaba vender, pero ya era conocido como 'El chupacabras'. Durante ocho años vivió arrendando un departamento con su esposa, se separó y pasó a vivir en hoteles. Se acostumbró al ritmo de las pensiones que estaban muy cerca de las plazas de El Teatro, Santo Domingo o del parque El Ejido. Se hacía amigo de camareros, dueños de pensiones y huéspedes.
Luego se hizo mochilero, se fue para Colombia, donde vivió algunos años, luego para Perú, Chile, volvió a subir y conoció Centroamérica.
Después de ganar el 'reality' 'Ecuador tiene talento', lleva firmados cinco autógrafos, prefiere dar un apretón de manos antes que garabatear en un papel que tarde o temprano irá a parar a la basura.
Todos quieren que cuente chistes, las cámaras que nunca se fijaron en él cuando andaba por las plazas, ahora lo siguen. Por eso Luis dedica el triunfo a todos quienes siempre lo han visto en las plazas.
El premio le servirá como entrada para comprarse una casa y confiesa que le encantaría ir al cine, en una película basada en parte de su historia: "¡sería genial loco!, una película para llorar, con un cielo oscuro".
La gente lo rodea como a un 'mesías' del humor, él dice que no los ha llamado y todos estallan en risas. "Hay que saber llegar a la gente de la calle, si no se corre el riesgo de morir en la indigencia".
Su astucia y capacidad de improvisar se ponen a prueba cuando entre los asistentes a su show en el parque está un policía: "Hasta el señor de la autoridad se hace presente, para aquella gente que anda diciendo que el Gobierno no se preocupa de la seguridad, ahí tenemos a un señor gendarme, a él le pagan para cuidar y él viendo teatro todita la mañana".
Luis vence otra vez, con algo inteligente, con su eterna ironía: "quizá estuve predestinado para que la vida me dé una recompensa grande".
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